La confianza de Gedeón y de sus guerreros

Para obtener la victoria sobre los madianitas, el Señor le pide a Gedeón una fe absoluta en los designios divinos. Pero a sus seguidores les exige también una prueba de confianza: creer en la fidelidad y en la misión de aquel que los guiaba.

Hna. Ana Belén Espínola Gravo, EP

En el libro de los Jueces se narra uno de los episodios más emocionantes de la Sagrada Escritura: la milagrosa victoria de Gedeón sobre los madianitas. Y, aunque sea bastante conocido, vale la pena hacer una lectura atenta de ese hecho a la luz de la fe, pues nos puede transmitir enseñanzas mucho más profundas y actuales de lo que pensamos.

Dios ayuda a los suyos, pero les pide que luchen

        El propio contexto histórico en el cual tiene lugar nos presenta ya una lección.
        En aquella época el pueblo elegido se encontraba oprimido por los hijos de Madián como castigo por haber obrado “mal a los ojos del Señor” (Jue 6, 1) y extenuado por las frecuentes devastaciones y ataques del enemigo, clamó socorro al Altísimo. En vez de rebelarse contra Dios o desconfiar de su ayuda, los israelitas tuvieron esta bonita actitud: se reconocieron merecedores del castigo y dependientes del auxilio divino.
        Es importante tener presente que Dios no les ofrece una solución instantánea para sus problemas, resolviéndolos como si se tratara de un truco de magia. Por el contrario, elige de entre ellos a un hombre que los conduciría a la victoria. No les desampara en sus aflicciones, sino que les pide lucha, sacrificio y disposición de trabajar efectivamente por el triunfo del bien.
        Esto es una manera muy frecuente que la Providencia usa para formar a sus hijos: nunca deja de escuchar las súplicas de quien se reconoce flaco y pecador, pero le exige la lucha y la espera.

Trato elevado, en función de los designios divinos

        En atención a las oraciones del pueblo, el Señor envía a un ángel que le anuncia a Gedeón la misión de liberar a Israel. El celestial mensajero se presentó ante el hijo más pequeño de Joás, mientras estaba desgranando el trigo en el lagar, y le dijo estas palabras: “El Señor esté contigo, valiente guerrero” (Jue 6, 12).
        Nótese la elevación y nobleza de ese saludo, hecho cuando Gedeón estaba realizando una labor humilde y corriente, y cuyos pensamientos no eran siquiera los de ir al campo de batalla. Por el tono de sus respuestas se percibe que consideraba con recelo la misión que le había sido encomendada y sentía temor del propio ángel. Sin embargo, éste le saluda en función de su alta vocación, llamándolo “valiente guerrero”.
        Bello ejemplo a ser seguido en el trato con los demás: siempre debemos intentar ver en el prójimo la vocación que Dios le confió y las cualidades que le otorgó para realizarla, aún cuando ante nuestros ojos sus defectos e infidelidades sean evidentes. Guiados por esa visión, podremos ayudarlo a vencer sus lados malos y animarlo a progresar en la perfección.

Sólo trescientos hombres…

        Omitamos por brevedad los versículos que describen las señales que Gedeón pide para confirmar el anuncio del ángel, así como las hazañas que realizó antes de ser asumido por el espíritu del Señor, y pasemos directamente a la narración de la batalla y sus prolegómenos.
        Tras haber reunido un voluminoso ejército, Gedeón ya estaba listo para avanzar cuando el Señor le dice: “Es demasiada la gente que tienes contigo para que yo entregue en sus manos a Madián y se gloríe luego Israel contra mí, diciendo: ‘Ha sido mi mano la que me ha librado’. Ahora, pues, pregona a oídos del pueblo: ‘Quien tenga miedo y tiemble, vuelva y márchese’ ” (Jue 7, 2-3). Se retiraron veintidós mil hombres, y sólo quedaron diez mil.
        Pero el Señor se dirigió nuevamente a Gedeón: “Es todavía mucha gente. Haz que bajen a la fuente y allí los seleccionaré. Y del que yo te diga: ‘Ese irá contigo’, vaya; y todos aquellos de quienes te diga: ‘Esos no irán contigo’, que no vayan” (Jue 7, 4).
        Fue hecho como Dios lo había mandado. El que lamiera el agua con su lengua permanecería aparte del que doblara la rodilla para beber. Trescientos fueron los que se llevaron el agua a la boca con las manos; los demás se arrodillaron. Entonces el Señor declaró a Gedeón: “Os salvaré con los trescientos hombres que han lamido y entregaré a Madián en tu mano. El resto de la gente, que cada uno se vuelva a su casa” (Jue 7, 7).

Gedeón y sus trescientos hombres en la batalla contra los madianitas – Biblia de San Luis IX (s. XIII), Biblioteca Pierpont Morgan, Nueva York

Gedeón es fortalecido para el ataque

        A la noche siguiente, Dios le mandó a Gedeón que avanzara. No obstante, le ordenó que antes bajara hasta los puestos avanzados de los madianitas acompañado únicamente por su criado Furá. “Cuando escuches lo que hablan, se fortalecerá tu mano y atacarás el campamento” (Jue 7, 11).
        Procedió como le había sido indicado y al llegar a donde estaba alojado el enemigo escuchó que un soldado le contaba a otro un sueño que había tenido: un pan de cebada rodaba por el campamento, hasta que llegó a la tienda, chocó con ella, la derribó y quedó por tierra. Entonces su compañero le dijo: “Eso no es otra cosa que la espada de Gedeón […]. Dios ha entregado en su mano a Madián y a todo el campamento” (Jue 7, 14).
        Al oír todo esto Gedeón “se postró” (Jue 7, 15). Enseguida, al regresar al campamento israelita, dividió a su ejército en tres cuerpos de cien hombres, entregándoles trompetas y cántaros vacíos con antorchas encendidas en su interior.

Quien lucha por Dios no puede ser derrotista

        Detengámonos para analizar un aspecto importante de la narración: Gedeón sintió miedo antes de la batalla y Dios tuvo que fortalecerlo. ¿Cuál era la causa de ese temor?
        El hijo de Joás tenía el natural recelo de avanzar y atacar, pero sobre todo tenía miedo de confiar en el auxilio del Altísimo. Y para animarlo en su misión, Dios le da pruebas palpables de que la embestida sería exitosa.
        Tras oír de la boca de sus enemigos que la victoria estaba con él, Gedeón se arrepintió, se postró por tierra, pidió perdón por la falta cometida y, lo más importante, se levantó y se preparó para enfrentar con coraje la batalla.
        Ahora bien, ¿cuántas veces a lo largo de nuestra vida espiritual Dios nos pide que demos un paso aparentemente muy osado, que nos lancemos a realizar cierta empresa arriesgada y no lo hacemos por dudar de su poder y depositar en nosotros mismos toda la confianza?
        Si sólo miramos hacia nuestra flaqueza, nos volveremos derrotistas. Una malentendida “resignación” nos asumirá, haciendo que seamos anticipadamente aplastados por los reveses que toda lucha prenuncia.
        La actitud de un verdadero combatiente de Cristo no puede ser esa, sino la de Gedeón: ante las dificultades inherentes al cumplimiento de nuestra misión, confiar en Dios. Al darnos cuenta de nuestras limitaciones e infidelidades, hemos de golpearnos el pecho, pedir perdón, rezar “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…” y seguir adelante con valentía.

También los soldados necesitan confiar

        Lo normal en cualquier batalla es hacer uso de las armas. Cuanto mayor sea su número y eficacia, mayores serán las posibilidades de alcanzar la victoria. Gedeón, sin embargo, ordenó que usaran únicamente trompetas, cántaros y antorchas encendidas.
        A los soldados tal actitud les debió suponer una incógnita nada pequeña… ¿Con qué iba a defenderse al ser atacados con las flechas, lanzas y espadas del enemigo? Y aquí vemos como Dios les pide también a los seguidores de Gedeón una prueba de confianza. Al capitán le es exigida una fe absoluta en los designios de la Providencia; a su ejército le correspondía creer en aquel que los conducía.
        “Miradme y haced lo mismo. […] Tocaré la trompeta con todos los que estén conmigo. Entonces, también vosotros la tocaréis alrededor del campamento y gritaréis: ¡por el Señor y por Gedeón!” (Jue 7, 17-18). He aquí la clave de la victoria: mirar hacia quien Dios ha puesto como guía en aquella situación concreta e imitar su ejemplo.
        Los hombres que seguían a Gedeón no pusieron objeciones a una orden tan inusitada, sino que actuaron conforme les había sido mandado. Como premio a su fidelidad “el Señor hizo que los madianitas esgrimieran la espada unos contra otros” (Jue 7, 22). Los que huyeron fueron perseguidos por el ejército de los israelitas, el cual engrosó considerablemente al recibir refuerzos de las tribus “de Neftalí, de Aser y de todo Manasés” (Jue 7, 23).
        Así es como Dios forma a sus hijos y los transforma en héroes de la fe y de la confianza. Les promete la victoria y la gloria, pero les enseña que éstas sólo se conquistan a través de pruebas y luchas muchas veces terribles.

La fe nos transformará en valientes guerreros

        En cada etapa histórica, Dios elige a hombres y mujeres para que guíen a la humanidad. En los tiempos antiguos se valió de los jueces, patriarcas y profetas; en el Nuevo Testamento suscita santos y santas a los que enriquece con dones y carismas propios a hacer vencer el bien en las más variadas circunstancias.

San Bernardo – Pinacoteca Vaticana; Santa Catalina de Siena cambia su corazón con Cristo – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

        Un San Odilón, un San Bernardo de Claraval o una Santa Catalina de Siena, por citar algunos nombres, ejercieron un importante papel en el desarrollo de la Iglesia y de la sociedad en la Edad Media. En el siglo XVII, cuando el jansenismo se propagaba perdiendo a numerosas almas por la desesperación de la misericordia divina, el Señor se le aparece a Santa Margarita María Alacoque, quien, al predicar la confianza plena en el perdón del tiernísimo Corazón de Jesús, se convirtió en norte para los católicos de aquel período. San Juan Bosco tuvo la misión de fortalecer e iluminar la fe de los jóvenes en una época de arrogante ateísmo. Y la lista, si hubiera espacio para ampliarla, sería variadísima e interminable.
        Un análisis cuidadoso de la Historia, hecho con ojos de fe, nos revela cómo Dios no se olvida de sus hijos en los momentos de lucha y tribulación, y nos conduce a la certeza de que nunca dejará a su grey abandonada, debilitada y abatida “como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36).
        Por peores que sean las tormentas por las que pasemos en este valle de lágrimas, el Señor jamás dejará de suscitar guías y modelos que apunten con claridad el camino del Cielo. Si sabemos prestar oídos a esas voces proféticas y tenemos confianza en la misión que Dios le ha dado, seremos transformados por la acción del Espíritu Santo, a pesar de nuestras faltas y flaquezas, en valientes y victoriosos guerreros, capaces de vencer a los ejércitos madianitas y superar cualquier obstáculo que nos separe de Él.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio Nº 184 – Noviembre 2018 – pag. 32-34

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