Sustentado por la antigua promesa

Era un momento trágico para Nicodemo. ¿Votaría a favor de la muerte del profeta? ¿O se arriesgaría a morir junto con Él? Una vez más, el fariseo intentó esquivarse de la responsabilidad…

Historia para niños… ¿o adultos llenos de fe?
Hna. Lucía Nga Thi Vu, EP

Te has enterado de la última noticia? ¡Ha curado a un ciego de nacimiento! —exclamaba un judío dirigiéndose a otro que cruzaba por el lado opuesto de la calle.

—No, no. ¡Esa no ha sido la última! Hace tan sólo un rato le ha restablecido la salud a un leproso —interviene un tercero.

Y así, en medio de los clamores y comentarios llenos de entusiasmo del pueblo, un hombre de edad madura, ojos hundidos, nariz aguileña y largos cabellos avanzaba a pasos agigantados. Para un buen observador, su fisonomía parecería familiar y, de hecho, él no era un extraño en esos parajes. ¡Se trataba del ilustre Nicodemo!

Sube, finalmente, las grandes escaleras del Templo, entra en el salón donde el sanedrín se hallaba reunido y empieza a contar a los demás fariseos las novedades que borboteaban en las calles.

—Precisamente por eso nos encontramos aquí. Tenemos que acabar con esas historias de “milagros” — gritó un maestro de la ley, después de alisar su larga barba blanca.

—¿No será que ese nazareno es un profeta… o incluso el propio Mesías? —preguntó uno más joven, preocupado.

—¡Claro que no! —le interrumpió el que estaba a su lado—. Es un mero impostor, que insiste en huir de nuestra autoridad.

Mientras el sanedrín discutía de esa manera, Nicodemo oía y observaba. Fuera o no el Mesías, aquel tal Jesús le intrigaba y atraía enormemente. Sin embargo, pensaba: “¡Cómo me gustaría conversar con Él! Si le digo que soy un príncipe del pueblo, probablemente me recibirá. Pero si, después, los otros fariseos se enteran, sin duda que me expulsarán del sanedrín…”.

Nicodemo percibió que había llegado la oportunidad esperada

Concluida la reunión, Nicodemo se dirigió a su casa para cenar. Mientras preparaban los sabrosos dulces de dátiles que serían servidos de postre, dos siervos comentaban:

—¡Fue increíble! Y lo más impresionante es que la mujer mejoró en ese instante. ¡No te haces una idea de cuántas infusiones le habían recetado los fariseos durante años de tratamiento! La pobre ya había agotado la imaginación de los médicos…

—¡Qué cosa! ¡Ese Jesús es tan bondadoso! Y al mismo tiempo tan imponente… Cuando lo vi entrar en aquella casa, confieso que me emocioné.

Nicodemo, que lo estaba oyendo todo con extrema atención, percibió que había llegado la oportunidad esperada. Terminó de comer, se cubrió con su manto y, sin decir nada a nadie, salió ocultamente entre las sombras de la noche.

Delante de Jesús ¡se sintió transformado! Las palabras del Maestro se mostraban llenas de sabiduría y misterio. Tanta unción había en su presencia y tanta autoridad se percibía en sus enseñanzas que no cabía lugar a dudas: lo quisiera o no el sanedrín, ¡allí se encontraba un enviado de Dios!

Al día siguiente, el fariseo se dirigió al encuentro rutinario con los más ilustres doctores de la ley. De camino se cruzó con un amigo suyo y éste le preguntó:

—Entonces Nicodemo, cuéntame: ¿qué opinas de ese profeta que anda por ahí agitando al pueblo?

—Bueno, he oído pareceres muy diversos. Normal… a fin de cuentas, nadie puede agradar a todo el mundo.

—Claro… Sé que el sanedrín mantiene una auténtica contienda contra Él. Pero alguien debería buscar a ese hombre para saber qué es lo que realmente pretende. Con dinero y alguna amenaza que otra entraría en razón. ¿Tú lo has visto alguna vez?

Nicodemo miró distraídamente hacia otro lado mientras ganaba tiempo para articular su respuesta. No deseaba mentir, pero tampoco quería comprometerse con el Nazareno hasta el punto de ver que se armara una persecución sobre sí. Que Jesús continuara con su vida y él, con la suya.

—La verdad que no es difícil encontrarlo, ¿no crees? Siempre está en calles y plazas y enseñando en la sinagoga… Bueno, pues ya seguiremos hablando luego, voy atrasado.

Pasaron los meses y llegó la gran fiesta de los tabernáculos. Durante ese tiempo los fariseos se habían enfurecido aún más contra Jesús y planeaban su muerte. Intentaron prenderlo aprovechando una visita suya al Templo, pero no lo lograron.

Dividido entre la admiración por Él y sus propios intereses, Nicodemo buscaba una manera de defenderlo ante el sanedrín, aunque evitando arriesgarse a perder su posición.

—¿Acaso condena nuestra ley a alguna persona antes de oírla y conocer lo que hace? —preguntó con aire displicente.

Pensaba que sería una salida inteligente porque así protegería a Jesús sin tomar partido por Él. No obstante, todos empezaron a mofarse de él y a amenazarlo. Nicodemo, inseguro, se calló.

Una tarde, la semana antes de Pascua, le llegó una convocatoria urgente para que compareciera en el sanedrín. Caifás, el sumo sacerdote, quería comunicarles que uno de los discípulos de Jesús lo había entregado. El juicio sería esa misma noche; todos debían estar presentes para condenarlo.

Un momento trágico para Nicodemo… ¿Votaría a favor de la muerte del profeta? ¿O se arriesgaría a morir junto con Él? Una vez más, intentó esquivarse de la responsabilidad: regresó a su casa y decidió no comparecer en el tribunal. Así no tomaría parte en su condenación, ni se vería obligado a testificar a su favor.

A las tres de la tarde, Nicodemo notó que el suelo temblaba…

Al día siguiente, mientras desayunaba, oyó los gritos de una multitud que se acercaba. Miró por la ventana y vio a un hombre ensangrentado, cargando una pesada cruz entre insultos y burlas. Era Jesús que, levantando los ojos, posó bondadosamente su mirada sobre el fariseo.

—¡Lo he matado! En breve será crucificado por mi culpa. ¡Qué infeliz soy! ¿Es posible hacer algo peor? —se recriminaba Nicodemo, en medio de un inconsolable llanto.

Entonces cogió una mezcla de mirra y aloe y tomó el camino del Calvario. Mientras andaba sentía que se ahogaba de desesperación y remordimiento. Sin embargo, en su alma aún latía aquella promesa que había oído en su infancia: “Hijo mío, cuando caigas, ¡no te desanimes! Confía en que siempre habrá una mano paternal a tu lado, dispuesta a ayudarte”.

No estaba lejos de su destino cuando, a las tres de la tarde, notó que el suelo temblaba. El cielo se oscureció como si fuera de noche, indicando que Jesús acababa de morir…

Cuando Nicodemo llegó al Calvario, ya casi desierto, el cuerpo de Jesús aún se encontraba clavado en la cruz. Junto a Él, de pie, estaba María, su Madre. Sin valor para acercarse a Ella, por sentirse un traidor, se detuvo a cierta distancia sin saber qué hacer. No obstante, Nuestra Señora lo llamó.

Arrodillado ante la Santísima Virgen, aún con los ojos bañados en lágrimas, Nicodemo oyó que le decía: “Hijo mío, de hecho, actuaste mal. Pero aquí tienes a una Madre dispuesta a ayudarte y a perdonarte”. ¡La promesa se había cumplido una vez más! Fortalecido por la mirada de María, se levantó dispuesto a enfrentar cualquier sacrificio para servir a Jesús.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGELIO – MARZO DE 2020, PP. 46-47.
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