¿No se puede confiar en nadie?

Después de haber expresado las incertidumbres que le agitaban su espíritu, el joven Nicodemo se sonrojó de vergüenza. Pero el anciano sacerdote lo miró con benevolencia y le dijo: “Te voy a hacer una confidencia…”.

Historia para niños… ¿o adultos llenos de fe?
Hna. Lucía Nga Thi Vu, EP

Vamos hijito. Ven aquí, ¡que papá te coge!”.

El pequeño Nicodemo, de 5 años, medía desde lo alto de un mueble los riesgos de su salto, hasta que, armado de valor, se lanzó en los brazos de su padre. Atraído por lo divertido que le había parecido, se encaramó otra vez al mueble, se tiró y su padre lo cogió de nuevo. Sin embargo, en la tercera o cuarta repetición, su progenitor se quitó y dejó premeditadamente que se estampara contra el suelo. Asustado, el niño se puso a llorar…

—Esto es una lección para que aprendas a no confiar en nadie —le explicó, acariciándose la larga barba de fariseo—. Ni en tu propio padre…

Transcurrieron los años y Nicodemo constató cuán “saludable” había sido el consejo recibido. En toda y cualquier circunstancia, ¡acertaba! Si alguien de entrada se manifestaba muy servicial, tarde o temprano terminaría jugándole una mala pasada. De modo que no podía confiar en nadie.

Pero había una persona a la cual el joven no conseguía aplicar ese “sabio” principio: era un sacerdote llamado Simeón, que había sido su maestro en el Templo. La mirada e incluso la simple presencia de ese venerable varón reflejaban rectitud y lealtad. Ese era el único obstáculo que le impedía hacer de la desconfianza en todo y cualquier ser humano la regla absoluta para su vida.

Simeón, de hecho, nunca lo había desencantado. Se acordaba de sus desvelos para que todos aprendieran la Ley con perfección y de sus atenciones para con los niños que vivían y estudiaban en el Templo.

No obstante, los recuerdos se mezclaban en su memoria con las caídas que tuvo de pequeño y con las implacables palabras de su padre. Y pensaba: “Quizá este sacerdote también me decepcione en un futuro…”.

Con el problema rondándole cada vez más por la cabeza, decidió ir al Templo a hablar con Simeón. ¿Quién sabe si él mismo tendría la solución a las dudas que le agitaban su espíritu?

Al reconocer a su antiguo discípulo, Simeón abandonó inmediatamente sus quehaceres y salió a su encuentro:

—Nicodemo, ¿cómo estás? ¿Has venido solo? ¿Qué tal están tus padres?

—Sí, maestro, he venido solo… Los años de la infancia ya pasaron…

Simeón sonrió, porque para él Nicodemo siempre sería un niño. Pero al mirarle fijamente percibió mucha inseguridad en sus ojos. Le parecía que su antiguo discípulo estaba armándose de valor para expresar alguna cosa y buscando cuidadosamente las palabras para hacerlo. Con mucha bondad, el sacerdote le preguntó:

—¿Qué te ocurre, Nicodemo? ¿Hay algo que te está quitando la paz?

—Sí… No lo entiendo: desde mi más tierna infancia aprendí que la única forma de enfrentar la vida era desconfiando siempre, y de todos. Pero veo que usted no actúa así. Y, encima, nunca lo he visto triste. ¿Cuál es el secreto?

Después de haber expresado con tanta sinceridad sus dudas e incertidumbres de espíritu, Nicodemo se sonrojó de vergüenza. También se quedó con recelo de haberse entrometido indebidamente en la intimidad de tan respetable anciano con su pregunta indiscreta. Pero Simeón lo miró con benevolencia y le dijo:

—Te voy a hacer una confidencia. Vamos a una sala.
Ya lejos de la multitud, continuó:—Cuando yo era pequeño tenía muchas ganas de ver al Mesías; soñaba con ser siervo suyo, contemplarlo, ¡aunque fuera a distancia! Una noche, mientras rezaba, oí una voz que me decía con nitidez que en cierto momento lo tendría en mis brazos. Y hasta hoy guardo esa promesa en mi corazón.

—Pero ¿usted vio quién se lo dijo? ¿Cómo está seguro de que no fue un sueño?

—Miré cuidadosamente a mi alrededor y allí no había nadie —le respondió Simeón—. Pero algo en el fondo de mi alma me llevaba a confiar en el cumplimiento de esa promesa. La esperanza en que un día veré al Mesías es la fuente de mi serenidad y de mi alegría.
Y prosiguió:

—Cada persona, en un momento de su vida, recibe una promesa interior, de la cual no puede desconfiar, pues la fe le invita con una fuerza toda divina a llevarla consigo a cada instante. Es un tesoro precioso del que debe acordarse en las horas más trágicas de su existencia, diciéndole a Dios, como David: “que no quede frustrada mi esperanza” (Sal 118, 116). Tarde o temprano la promesa se realizará, aunque para ello sea necesario un milagro.

Nicodemo miraba admirado. Nunca había escuchado en su vida un consejo como ese… Entonces comprendió que Simeón confiaba en los demás e irradiaba entusiasmo porque nunca había desconfiado de Dios. ¡Cuántas conclusiones podía sacar de ahí!

—Hijo mío, la conversación está muy interesante, pero he de volver a mis funciones sacerdotales. Si después puedo ayudarte en algo más, estoy a tu entera disposición.

Se levantó y se dirigió al atrio. En medio de toda la gente que entraba en el Templo se fijó en una distinguida pareja que iba con su recién nacido. A pesar de su avanzada edad, se acercó apresuradamente hasta los visitantes y en seguida cogió al niño en sus brazos, con una felicidad indescriptible estampada en su rostro.

Nicodemo lo seguía a distancia con su mirada

Nicodemo lo seguía a distancia con su mirada pensando: “Según las Escrituras, el Mesías debería haber nacido ya o estar a punto de nacer en aquellos días. ¿Acaso estaba viendo cumplirse la antigua profecía hecha a Simeón? ¿Sería realmente el Mesías aquel frágil niño que el venerable anciano contemplaba con tanta admiración?”.



El joven fariseo se retiró del Templo completamente absorto en esos pensamientos y, al bajar por la inmensa escalera, tropezó y cayó varios peldaños abajo. Aún en el suelo, escuchó risas y burlas a su alrededor. Rojo de rabia y de vergüenza intentó ponerse de pie, con cierta dificultad, debido a la violencia de la caída. Sintió entonces que una mano firme y acogedora le ayudaba a levantarse y, al elevar la mirada, vio al padre del niño que Simeón acababa de presentar en el Templo. Lo miraba con bondad y le decía:

“Cuando caigas, ¡no te desanimes! Siempre habrá una mano paternal a tu lado, dispuesta a ayudarte”


—Hijo mío, cuando caigas, ¡no te desanimes! Confía en que siempre habrá una mano paternal a tu lado, dispuesta a ayudarte.

Estas palabras se grabaron a fondo en su corazón. Y el joven se dio cuenta de que se trataba de la promesa que, conforme Simeón le había enseñado, debía conservar como un tesoro a lo largo de toda su vida. ¿Sería fiel a ella, como el anciano sacerdote lo había sido durante largos años? Sólo el tiempo podría decirlo…

(Continuará en el próximo mes…)

Fuente: revista heraldos del evangelio, febrero de 2020, pp. 46-47.

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