El casto brillo del pudor cristiano

Perdida la inocencia original, la lucha contra la concupiscencia de la mirada fue auxiliada misericordiosamente por el supremo Sastre que, dándonos vestidos, nos concedía el signo profético de la condición celestial.

P. Carlos Javier Werner Benjumea, EP

La virtud del pudor está casi olvidada en nuestros días. Con el engañoso intento de ignorar la sana vergüenza experimentada por nuestros padres tras el primer pecado, el mundo moderno promueve maneras de vestir y de presentarse muy distantes del recato y de la modestia aconsejados por la Santa Iglesia, Madre primorosa y vigilante.

A propósito de ello, cabe recordar la profecía que hizo Santa Jacinta Marto, una de las videntes de Fátima: “Los pecados que llevan a más almas al Infierno son los pecados de la carne. Vendrán modas que ofenderán mucho a Nuestro Señor”.(1)

La previsión de la tierna niña asombra por su clarividencia y su acierto… Sin embargo, ese vaticinio de 1918, cuando la indumentaria era tan diferente a la de hoy día, ¿no tendría acaso un sentido más profundo? Para que se entienda el alcance de las palabras de la pastorcita es necesario que consideremos algunos puntos candentes de la moral cristiana.

Castidad y pureza de la mirada

Entrada de los santos en el Cielo, por Giotto di Bondone
Detalle del fresco de El Juicio Final, capilla de
los Scrovegni, Padua (Italia)

Antes de nada, hemos de exponer brevemente la doctrina católica respecto a la concupiscencia de los ojos, mencionada por San Juan en una de sus epístolas (cf. 1 Jn 2, 16).

La virtud de la castidad sólo reina en paz en los corazones que se protegen levantando el muro del recogimiento de las miradas. Sin esa barrera será destronada y la ruina del alma se volverá irremediable. Así lo demuestra la Historia, como lo veremos en algunos ejemplos.

David, el rey profeta, se precipitó en el abismo del adulterio y del homicidio porque se fijó con malicia en Bestsabé (cf. 2 Sam 11, 2-27). La mirada impura encendió en su espíritu una llama devoradora. Como dice el libro de los Proverbios: “¿Puede alguien meter fuego en su seno sin que así se le queme la ropa?” (6, 27).

En tiempos del profeta Daniel, dos malvados ancianos desearon en su corazón a la casta Susana e intentaron, en vano, pecar con ella, constriñéndola con amenazas. Al verse rechazados por tan íntegra mujer, la acusaron falsamente de adulterio, pero Dios fue en auxilio de su hija inocente. Por medio de Daniel, la salvó de las garras de esos hombres depravados y los condenó a la pena que habían intentado infligir a la víctima de su ánimo lujurioso.

Ambos viejos marchitos se merecieron oír del profeta esta increpación: “¡Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón” (Dan 13, 56).

A esos dos miserables les hubiera sido útil haberse aplicado los sabios principios del Eclesiástico: “Aparta tus ojos de una mujer hermosa, y no te fijes en belleza ajena. Por la belleza de una mujer muchos se perdieron, y a su lado el amor se inflama como el fuego” (9, 8-9).

“La lámpara del cuerpo es el ojo”

También el patriarca José se convirtió en blanco de la concupiscencia de los ojos. Hecho esclavo por la traición de sus hermanos, fue vendido en Egipto a Putifar, jefe de la guardia del rey, el cual, admirado con la virtud de aquel hebreo le confió el cuidado de sus bienes.

Ahora bien, José “era de buen tipo y bello semblante” (Gén 39, 6) y la esposa de Putifar, asumida por la pasión desordenada, “puso sus ojos”
(Gén 39, 7) en el criado de su marido y le propuso lo que no era agradable al Señor. Fiel a la ley divina, José rechazó la pésima solicitación de la mujer y recibió a cambio la calumnia y la prisión. La fidelidad del gran patriarca fue más tarde premiada por Dios, quien hizo que se ganara la confianza del faraón (cf. Gén 41, 42-44).

Estos episodios muestran el sentido profundo de esta enseñanza del divino Maestro: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!” (Mt 6, 22-23).

De hecho, la vista es la puerta de los deseos, de tal suerte que “todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 28). La concupiscencia de la mirada proviene de la herida causada en el corazón humano por el pecado original, que afectó a todos los hombres y mujeres.

¿Cómo se puede ignorar, pues, la existencia de maneras de vestir peligrosas, que ponen en riesgo la pureza de los que ven y observan a quien así se presenta? En sentido opuesto, la indumentaria ideada con modestia y elegancia auxilian al casto recogimiento de la mirada.

El pudor de nuestros primeros padres

José y la mujer de Putifar, por Friedrich Oberveck
– Alte Nationalgalerie, Berlín.

El Génesis narra con tierno candor la creación de Eva a partir de una costilla de Adán. Vino a ser la coadyuvante ideal para el primer hombre, hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gén 2, 23).

La Beata Ana Catalina Emmerick observó en sus visiones que la pareja, creada en la amistad con Dios y adornada con el don de la gracia santificante, emitía cierto resplandor: “Eva estaba de pie, delante de Adán, y éste le dio la mano. Eran como dos niños inocentes, maravillosamente hermosos y nobles. Estaban luminosos, cubiertos de luz como si fuera un vestido fluorescente”.(2)

Adán y Eva vivían en la intimidad de Dios, como lo describe el autor sagrado cuando narra que el Señor “se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Gén 3, 8) para conversar con ellos en el Edén. Por eso mismo reflejaban en sus semblantes el brillo de la gracia espiritual que el Padre de todas las luces había impreso en sus almas.(3)

Además del esplendor de la gracia sobre sus cuerpos, las miradas de Adán y Eva eran límpidas. El Génesis hace hincapié en subrayar la pureza con que nuestros primeros padres se veían en el estado de inocencia en el que fueron creados, a fin de completarse y ser fértiles, según el mandato que el Señor les dio al bendecirlos: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra” (Gén 1, 28).

Pero tan feliz estado no duró mucho, viniendo a manchar horriblemente la potencia visiva, después de que ambos prestaran oídos al enemigo mortal de la raza humana.

Consecuencias del pecado original

La maldita serpiente, con su astucia, engañó a Eva prometiéndole que si comía del fruto del árbol de la ciencia —cosa que le había prohibido el Señor— se le abrirían sus ojos y tanto ella como su marido serían “como Dios” (Gén 3, 5).

No obstante, la realidad fue diametralmente opuesta: a causa de su des-obediencia, la mirada humana recibió una herida profunda que no la hizo semejante a la clarividencia divina, sino a la acechanza siniestra del demonio. Contagiados por el pecado original, todos los desterrados hijos de Eva heredaron de ellos las vistas oscurecidas por la mancha de la codicia, del egoísmo y de la sensualidad.

Como resultado de dicha caída, su entenebrecida mirada se encontró con su propia desnudez, dando lugar al sentimiento de vergüenza —en latín pudicitia, de donde deriva el vocablo “pudor”—, lo cual los llevó a buscar deprisa una manera de vestirse: “Descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron” (Gén 3, 7).

Ya no se veían como hijos de Dios, hechos a su imagen y envueltos en luz. La percepción del otro quedó deslustrada, se perdió aquella refulgencia que volvía limpia su mirada, así como pulcros y diáfanos los trazos físicos del primer matrimonio.

El horror del propio envilecimiento experimentado tras la culpa simboliza no sólo un fenómeno exterior, sino sobre todo el apagamiento de la luz de la gracia en sus corazones. El hombre tiende en función de esto a considerar a su prójimo con sórdido interés, porque a partir del oscurecimiento de los espíritus es cuando se degradaron los sentidos exteriores, incluso el más noble, el de la visión, por su estrecha relación entre alma y cuerpo.


“Divino traje” hecho por el supremo Sastre

Bautismo administrado por Mons. João Scognamiglio
Clá Dias en la catedral de São Paulo (Brasil)

Sin embargo, Dios no los abandonó en su impericia y, compadecido por la precaria indumentaria con la que trataron de disfrazar su deshonra, Él mismo “hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió” (Gén 3, 21). Aunque no les curó la herida de su vergüenza, el Señor les dio un rápido y eficaz remedio.

Así actuaría la Providencia a lo largo de la Historia. La gracia concedida por Dios en el Bautismo no suprime las malas tendencias, fruto del primer pecado, como la concupiscencia de los ojos, sino que da las fuerzas para vencerlas mediante la ascesis, a fin de merecer un premio aún mayor en la gloria del Cielo.

El arte de vestirse con recato, modestia y elegancia constituirá no sólo la salvaguardia de las miradas, sino también un signo de esperanza en la salvación venido de lo alto, porque el traje con el que el Creador cubrió a nuestros padres es símbolo de la gracia que nos reconcilia con Él y de la gloria con que serán recubiertos nuestros cuerpos en el Cielo.

Esa estrecha relación entre el traje exterior y el revestimiento del alma por la gracia de la reconciliación se evidencia en el oráculo del profeta Isaías: “Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación” (61, 10).

En resumen, el “divino traje” hecho por el supremo Sastre fue, al mismo tiempo, una misericordiosa cobertura, remedio de la concupiscencia, promesa de Redención y prenda de la victoria definitiva en el Cielo.

Despunta la aurora de una era de pudor

La virtud del pudor,(4) que enseña la práctica de la casta nobleza en el vestir y en el presentarse, ha sido fuertemente apreciada por los que nos antecedieron con el signo de la fe. Los primeros cristianos —a diferencia de los paganos marcados por el relajamiento moral que los llevaba a convertir en objeto de culto sus propios cuerpos con trazas de idolatría(5)— se caracterizaron por la elevada consideración de la pureza hasta sus últimos desdoblamientos.

En el acta del martirio de Santa Perpetua, en el año 203 de la era cristiana, se narra un detalle conmovedor. Expusieron a la joven junto con Santa Felicidad en el anfiteatro de Cartago, para que fueran ajusticiadas en el transcurso de los juegos y diversiones, según la primitiva y brutal costumbre. Una vaca salvaje muy agresiva debía poner fin a la vida de ambas. La primera en ser lanzada a lo alto por la embestida de la fiera fue Perpetua que “cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor”,(6) narra el cronista.

Y Santa Inés, mártir de la castidad, da un hermoso testimonio de fe, ante la certeza de que se mantendría en la integridad del pudor, cuando el magistrado romano la quiso inducir al pecado: “No creáis, le respondió Inés, que Jesucristo abandona tan fácilmente a sus esposas. Quiérelas demasiado, y las ama con mucha delicadeza, como para consentir que pierdan impunemente su pudor; y está siempre pronto a socorrerlas”.(7)

Ambientes desfavorables a la práctica de la virtud

Santa Inés – Iglesia de Santa María,
Waltham (EE. UU.)

La decencia de los cristianos se extendió a la restricción del uso de las termas romanas que, en los tiempos del cristianismo naciente, constituía una costumbre pagana varias veces secular, justificada por la necesidad de la higiene y el esparcimiento.

La vida de las ciudades giraba entorno a esos balnearios —hubo una época en que existieron más de mil en la ciudad de Roma—, de manera que no frecuentarlos significaba excomulgarse de la sociedad. Infelizmente en ellos reinaba un clima adverso al pudor enseñado por la Iglesia. En ciertos períodos de especial decadencia llegaron a ser tan escandalosos que preocuparon a los emperadores paganos, como Adriano, hasta tal punto que dictaron leyes para prohibir la frecuencia mixta en las termas oficiales del Imperio.

Para los cristianos, tales ambien-tes eran altamente desfavorables a la práctica de la virtud de la castidad, una peligrosa y seductora ocasión próxima de pecado. ¿Cómo reaccionar? Los Padres de la Iglesia, en su predicación, dejaron líneas admirables de celo y coraje, al exigir de la grey actitudes decididas e intransigentes. ¿No había dicho San Pablo que nada podría separar a los fieles del amor de Cristo?

¡No iba a ser el ambiente mundano y sensual de las termas el que hiciera capitular a los hijos de la Iglesia! ¡Un bautizado jamás se adentraría en aquel clima de molicie y de lujuria, abriendo su corazón al espíritu dominante, tan contrario al de su Señor!

En ese sentido, vale la pena recordar un fragmento del tratado de San Cipriano dedicado a las vírgenes: “¿Qué decir de las que acuden a los baños promiscuos, que exponen a los ojos curiosos y sensuales los cuerpos consagrados al pudor y a la pureza? […] Hacéis del baño un espectáculo; vais a lugares más indecorosos que el teatro. Allí queda excluida toda vergüenza; junto con el vestido, se despoja la honra y el pudor del cuerpo; la virginidad se desnuda para ser observada y contemplada. […] Frecuéntense los baños en compañía de mujeres entre las que el baño sea modestia para vosotras”.(8)

La valiente intolerancia de los pastores y las legislaciones de diversos concilios regularon y limitaron de tal manera el uso de los baños mixtos que terminaron cayendo en desuso. El influjo social del cristianismo había triunfado gracias a la intransigencia evangélica de pastores íntegros y virginales en la fe, fieles a las exhortaciones del divino Inocente: “Si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti” (Mt 18, 9).

“Revestíos del Señor Jesucristo”

El incentivo del pudor se extendió también a las modas mundanas y poco decentes. San Juan Crisóstomo, en una de sus Catequesis bautismales, increpa a la mujer inmodesta: “Vas acrecentando enormemente el fuego contra ti misma, pues excitas las miradas de los jóvenes, te llevas los ojos de los licenciosos y creas perfectos adúlteros, con lo que te haces responsable de la ruina de todos ellos”.(9)

Pero, además de enseñar la decencia y la modestia en el modo de presentarse, la virtud del pudor estimula la elegancia y el decoro en el vestir, porque siendo el vestido símbolo de la gracia santificante recibida en el Bautismo y signo de la gloria de la Jerusalén celestial, debe realzar la dignidad de los hijos de Dios destinados a reinar eternamente con Él.

En efecto, la gracia santificante es comparada por San Pablo al traje: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo” (Gál 3, 27). Tras haber exhortado a los cristianos de Roma a vivir con rectitud, lejos de los vicios y pasiones censurables, afirma: “Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos” (Rom 13, 14).(10) Y para enfrentar los combates de la fe, les recomienda a los efesios que se revistan de las armas de Dios para resistir a las asechanzas del demonio (cf. Ef 6, 11-17).

En sentido opuesto, el espíritu de las tinieblas alimenta sórdida simpatía por la desvergüenza. Es lo que nos revela el episodio del endemoniado de Gerasa relatado en el Evangelio: “Le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa” (Lc 8, 27). Después de la acción exorcista del Señor, el mismo personaje aparece cubierto con una túnica, sentado a los pies de su libertador, oyendo con atención sus divinas palabras (cf. Lc 8, 35). Queda patente cómo Jesús ama la casta vestidura y cómo el demonio incentiva la inmodestia.

Vestidos de boda blanqueados en la sangre del Cordero

Tal predilección divina por el traje se encuentra manifiesta en la parábola del banquete nupcial narrada por San Mateo. El Maestro ambienta sus enseñanzas proponiendo la escena de la fiesta de la boda del hijo del rey. Es una clara alusión a la reunión festiva de los santos en el Cielo, en torno a la gloria del Hijo.

Al banquete fueron convidados nobles y ricos, que declinaron su asistencia por motivos fútiles. De ahí que el soberano mandara a sus criados a los cruces de los caminos para reclutar a todos los que por allí pasaran.

Una vez repleto de comensales el salón del palacio, el rey entró para saludarlos y reparó en uno que no llevaba el traje de fiesta. Dirigiéndose a él, le preguntó: “ ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?’. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’ ” (Mt 22, 12-13).

El vestido de boda reaparecerá con todo su esplendor en el Apocalipsis de San Juan. De hecho, en la vida eterna se renovarán todas las cosas (cf. Ap 21, 5) y será abolida la concupiscencia de los ojos, así como el sentimiento de vergüenza de nuestros padres. Pero el vestido no desaparecerá. ¡Al contrario!

El evangelista contempla, en una de sus grandiosas visiones, una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, “de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (7, 9).

Continúa el apóstol virgen: “Uno de los ancianos me dijo: ‘Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?’. Yo le respondí: ‘Señor mío, tú lo sabrás’. Él me respondió: ‘Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos’ ” (7, 13-15).

Ciertamente la blancura de las vestiduras de los vencedores está vinculada a la costumbre militar romana de ver desfilar a las legiones después de un triunfo marcial, revestidos de túnicas blancas y palmas, signo de victoria. Sin embargo, a la luz del episodio de la Transfiguración descrito por San Marcos, también se puede establecer una relación entre la túnica blanca de los santos y las vestiduras del propio Jesús que, en la epifanía del Tabor, “se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo” (Mc 9, 3).

La adoración del Cordero Místico,
por Jan Van Eyck
Museo de Bellas Artes,
Gante (Bélgica)

Un signo profético de nuestra condición celestial

Efectivamente, el acto de la creación del hombre y de la mujer en el Edén tenía, en su natural inocencia, el propósito de realzar la complementariedad de la primera pareja con vistas al sacramento del Matrimonio y a la multiplicación de la especie. Pero en el Cielo no será así, pues “cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del Cielo” (Mc 12, 25).

He aquí el sentido de las vestiduras de los bienaventurados. No se tratará de cubrir la vergüenza, hija del pecado, porque ya no existirá. Será puesta de relieve, más bien, la nueva condición angélica de los hombres. El vestido en esta tierra es, por tanto, un signo profético de nuestra futura condición celestial.

De la esperanza en la vida eterna procede, en cierta medida, el buen gusto en el vestir que caracterizó a la civilización cristiana, rica en trajes nobles, sobrios y dignos, con los que se presentaban ricos y pobres. En nuestros días la vulgaridad, llevada casi al extremo de lo absurdo, domina las modas e impone de forma arbitraria el gusto por lo gastado, lo roto, lo simple. Se comercializan prendas degradadas, vendidas a precios exorbitantes, y mucha gente se sacrifica para no parecer anticuada…

Cómo sería más sensato y más católico volver los ojos hacia lo alto, donde está Cristo Jesús con sus ángeles, e, inspirándose en el anhelo de la vida sin fin, revestirse de decencia y de pudor, con discreta y casta elegancia.

  • CITAS:
  • 1 DE MARCHI, IMC, João M.
    Era uma Senhora mais brilhante que o sol. 8.ª ed. Fátima: Missões Consolata, 1966, p. 291. San Alfonso, al comentar el sexto y noveno preceptos del Decálogo, hace una afirmación casi idéntica: “Este vicio [la lujuria] es la materia más frecuente y copiosa de las confesiones, y por el cual bajan más almas a los infiernos; y aún no dudo afirmar que por él solo o a lo menos no sin él se condenan todos los réprobos” (NEYRAGUET, Dieudonné [Org.]. Compendio de la Teología Moral de San Alfonso María de Ligorio. 3.ª ed. Ma-drid: Viuda de Palacios e Hi-jos, 1852, p. 230).
  • 2 BEATA ANA CATALINA EMMERICK. Visiones y revelaciones completas. Visiones del Antiguo Testamento. Visiones de la vida de Jesucristo y de su Madre Santísima. Buenos Aires: Guadalu-pe, 1952, v. II, p. 16.
  • 3 Esa misteriosa luminosidad volvería a manifestarse más tarde, de manera excepcional, en Moisés: “Cuando bajó de la montaña del Sinaí con las dos tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor” (Éx 34, 29). Y, en la plenitud de los tiempos, la veremos refulgiendo en la gloria incomparable del Hijo de Dios, que de modo perfectísimo se manifestaría en lo alto del monte Tabor: “Su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17, 2).
  • 4 El actual Catecismo de la Iglesia Católica, al comentar el noveno mandamiento de la ley de Dios, define el pudor en términos muy precisos: “Es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas. […] El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción” (CCE 2521-2522).
  • 5 En cuanto a atribuirle cualquier clase de homenaje al cuerpo, San Agustín es bastante incisivo: “Es un crimen rendir culto al cuerpo o al alma en lugar de al Dios verdadero, por cuya sola inhabitación es el alma feliz, ¡cuánto más nefario es rendirles culto de tal forma que el cuerpo o el alma del que lo rinde no obtenga ni la salvación ni la gloria humana!” (SAN AGUSTÍN. De Civitate Dei. L. VII, c. 27, n.º 2. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1958, v. XVI, p. 494).
  • 6 RUIZ BUENO, Daniel (Org.).
    Actas de los mártires. 5.ª ed. Madrid: BAC, 2003, p. 437.
  • 7 RUINART, Teodorico (Org.).
    Las verdaderas actas de los mártires. Madrid: Ioachin Ibarra, 1776, v. III, p. 24.
  • 8 SAN CIPRIANO DE CARTAGO. A conduta das virgens, n.º 19; 21. In: Obras Completas I. São Paulo: Paulus, 2016, pp. 38-39.
  • 9 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Catequesis V, n.º 37. In: Las catequesis bautismales. 2.ª ed. Madrid: Ciudad Nueva, 2007, pp. 118-119.
  • 10 El Apóstol de las gentes también aconseja a los colosenses: “Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Esto es lo que atrae la ira de Dios sobre los rebeldes. […] Os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador. […] Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3, 5-6.9-10.12).
Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, mayo de 2019 – pp. 16-21.
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