Fuerte y majestuoso, símbolo de Jesucristo, el león bien puede caracterizar la firmeza y la combatividad que los católicos de nuestros días deben tener en la defensa de la fe y de los principios cristianos.

Lorena Mello da Veiga Lima
Mientras algunos admiran la agilidad y diversidad de los seres acuáticos y otros se entusiasman con las multitudes de pájaros que pueblan los aires o dedican su cariño a los animales domésticos, hay quienes, más osados, se sienten atraídos de una manera particular por la contemplación de los animales salvajes…
Aunque existan diferentes gustos en esta materia y, dentro de la familia de los felinos, el tigre lo venza en tamaño, la gran mayoría de las personas —por no decir todas— se encanta con el león. Su figura, exaltada desde hace siglos por distintas civilizaciones, excede en belleza, fuerza y majestad a los demás habitantes de los bosques.
De imponente porte y elegantemente arreglado, su melena se presenta como un adorno regio, formando una especie de aureola alrededor de su cabeza. Con su mirada desafiante “tritura” a su objetivo antes incluso de que éste se halle entre sus presas, dando la idea de un vigor de espíritu que impulsa al del propio cuerpo. Su paso es dominante, pero cuando anda sus patas siguen unas a otras con mucha suavidad, como aliando la fuerza a la delicadeza. Parece estar en armonía con toda la naturaleza, constituyendo una obra maestra del reino animal.
Es interesante destacar que se trata del único felino de hábitos gregarios. Dentro de la manada cada uno tiene una función específica: mientras la hembra se encarga de la caza y del cuidado de sus cachorros, el macho delimita el territorio y defiende al conjunto, haciendo resonar, para ello, su estruendoso rugido ¡hasta 8 km de distancia!

Al ser más leves y ágiles, las hembras poseen más éxito en la cacería. La melena del león le hace muy visible a las presas, siempre atentas al peligro de los depredadores. Con excelente visión nocturna, seis veces más sensible que la del hombre, estos felinos suelen atacar en grupo, y su embestida es rápida y decisiva. Alcanzada su meta y concluida la comida, con la serenidad de la victoria conquistada, se dirigen majestuosamente a descansar.
No es, por tanto, sin razón que el rey de los animales esté presente en escudos y blasones, en los que simboliza la fuerza, bravura y nobleza. Hasta las Sagradas Escrituras se sirven de este insigne animal para representar el triunfo de Cristo: “Deja de llorar; pues ha vencido el león de la tribu de Judá, el retoño de David, y es capaz de abrir el libro y sus siete sellos” (Ap 5, 5).
En el Antiguo Testamento el propio Dios se identifica con esa noble fiera para ilustrar su invencible celo en la defensa de los que son suyos: “Como gruñe el león y sus cachorros con su presa y, aunque un tropel de pastores se reúna contra ellos, no se asustan de sus gritos ni se intimidan por su tumulto, así descenderá el Señor del universo a combatir sobre el monte Sion, sobre su cumbre” (Is 31, 4).
Ahora bien, christianus alter Christus, si Jesús es el León de Judá, le cabe a quien forma su Cuerpo Místico tratar de seguirlo e imitarlo. Armado de fe y valentía, lleno de celo por el Altísimo, nada ha de temer en ese emprendimiento. Ante cualquier dificultad, por muy dura y complicada que sea, “el justo está seguro como un león” (cf. Prov 28, 1).
¡Cuán bello y glorioso es asemejarse a uno de esos felinos en la lucha por la causa de Dios y de Nuestra Señora! Sabemos, no obstante, qué flacos e inconstantes somos… Sintiendo que nos faltan las fuerzas para esa reñida batalla, recemos confiadamente, pidiendo la gracia de la firmeza en nuestra decisión de defender y exaltar la verdad de Cristo ante el mundo. Cuando menos lo esperemos, Dios nos transformará en intrépidos guerreros bajo las órdenes del León de Judá.